lunes, 10 de junio de 2013

("y el carozo del asunto es tu temor... y sólo tu temor")

Cada día levantarme de la cama es la tarea más ardua que enfrento. Es un allá afuera amenazante. Un allá afuera donde todo puede salir mal, sin importar cuán planificado o cuidado esté lo que sea que vaya a emprender.

Allá afuera me equivoco.
Allá afuera puedo herir a alguien o mis actos pueden tener consecuencias lamentables.
Está la muerte esperándome al final del recorrido.
Están todas las cosas que podrían ser, apabullándome.

Mi cama es un útero en el cual me encuentro, de alguna forma, protegida por la inacción. El tiempo pasa casi sin que lo perciba. El sueño viene en oleadas. Es tibio. Es suave.

Es la nada misma. O casi.

Pero tengo que nacer cada día, aunque sienta que todos los pasos que doy son inútiles.

Entonces, me paro a mí misma. Tarda la labor de parto, tengo que romper el sueño y la inercia con cuidado.
Estoy asustada hasta la parálisis, y voy de a poco retomando control de mis músculos, mis nervios, mis huesos. Me repito que es una pequeña mediocre vida la que tengo, que mis responsabilidades no son tantas, que puedo con ellas. Repaso lo que me espera en el día, organizo mis tareas mentalmente. Dejo que el temor ceda un poco, o quizás, lo transformo en angustia.

Me levanto, tarde, como siempre.

Así lucho contra mi cama todas las mañanas.

Me falta todavía romper el otro útero, pero aún no tengo las fuerzas suficientes.

EvaLilith
2013

jueves, 23 de mayo de 2013

Tengo la boca llagada, llena de pequeñas heridas que arden, aumentan y me generan una sensación de cavidad llena de bultos. Las estalactitas y estalagmitas en mi paladar y mejillas. Duele la boca y duelen las palabras, por más que quiera suavizarlas con un té endulzado con miel. Lo que se escurre entre mis labios destila un veneno nacido del dolor.
Veneno de todos los venenos, un hilo de baba corrosiva que desaparece en las entrañas del viento.
Si las palabras que callo, que son pequeñas, dulces, minuciosas, apenas secretos, me arden así dentro... ¿Cómo tendrán las bocas los que callan injusticias y maltratos diarios? ¿Cómo tendrá la boca la madre que le mienta al hijo "papá va a volver pronto"? ¿Cómo tendrá la boca el que jugó al simpático con sus verdugos? ¿Cómo tendrá la boca quemada de paco la nena que grita "acá estoy", mientras se la chupa a un cerdo por 20 pé?¿Cómo tendrán las bocas todos los que vieron y callaron?

EvaLilith
2013

martes, 30 de abril de 2013

Me puse el traje gris, subí al subte, pude sentarme. Recibí la llamada suya justo cuando la puerta se cerró "hoy no voy a cenar. No, mañana tampoco. Quiero que dejemos de vernos". Hice un recuento mental: las zapatillas, el par de películas, una remera. Todas sus huellas en mi casa cabían en una bolsa de supermercado.

Nada que me perteneciera había quedado en su dpto. Siempre anduve de puntillas, sin ruidos y sin huellas, sin marcas de territorio o cercos, con él.

Ese día fui la empleada más eficiente de la firma. Volviendo a casa, mandé el típico mensaje pirata: "en qué andás? Querés q nos veamos?". Por las dudas, se lo mandé a tres. Alguno libre tenía que estar.


No contaba con el pequeño detalle de la tecnología delatora. Dos de ellos estaban en pareja, y el tercero se dio cuenta de mi manotazo de ahogada. Se me cagó de risa por sms, ofreciendo un café y charla. Sólo charla. Que tenía algo importante que contarme. 

Me arreglé apenas, y fui al bar donde siempre nos solíamos cruzar con ese chongo. Para encontrarme con que sí, efectivamente, tenía MUCHO que contarme. Porque estaba dejando de ser él para ser ella. 

Pensé con amargura que ya me parecía que cogía demasiado bien y que era demasiado considerado, aún en su papel de chongo. 

Estuvimos hablando un rato de todo el lento y burocrático proceso, de las hormonas, de las emociones que desconocía fueran tan poderosas. De operaciones, de ropa. De amores. De miedos y soledades. 

Esa noche terminamos en mi casa, pero llorando nuestros miedos, abrazadas. 


A la mañana siguiente, cuando con el traje azul me subí al subte, recibí otra llamada suya. Que estaba confundido, que no sabía lo que quería, que nos tomemos un tiempo, mejor. Corté sin decir nada. Hice un recuento mental: horas, días, noches pasadas juntos. Después de haber dejado mis miedos en el hombro de quien ya nunca más sería uno de mis hombres, no parecía un premio muy atractivo por esperar. 

Pero también me confundí, y ese día equivoqué las cuentas, mezclé los sobres, mandé mails errados. Volviendo a casa mandé el típico mensaje de abandono: "vení a decírmelo en la cara". 

Esa noche no vino. 

Vino mi insomnio. 

Vino mi gata.

Vino el vino. 

Pero él no. 

Tampoco contestó. 

Finalmente, vino el adios. 

Hice un paquete con sus cosas, las metí en una encomienda. De 3 a 6 días tardaría en llegarle a su casa. 

Me puse el vestido negro. El luto de las cosas que nunca fueron. Subí al subte. En vez de buscarlo online para saludar, abrí uno de los jueguitos. Hasta era más entretenido. 


EvaLilith
2013





martes, 23 de abril de 2013

Mi cine privado.

Soñé que me encontraba con el Duende en un restaurante de esos absurdamente high class. El mozo era solícito y rápido, pero increíblemente malhumorado. No quería estar trabajando esa noche, incluso nos comentó que pensaba renunciar. 

Se largó una tormenta terrible y empezó a llover dentro, entre las arañas gigantescas de caireles, arruinando el parquet. Yo sabía que me estaban buscando (creo que eran mis viejos, pero después me entró la duda), y le pedimos al mozo si nos podía ayudar a escabullirnos por el patio. El patio parecía esas galerías cubiertas de las casas chorizo. 

A pesar de nuestros intentos por salir (creo que la idea era trepar a una terraza contigua), llegaron dos policías con un médico, que intentaron convencerme de no escapar. Ahí recordé que había un plan armado para relocalizarme, y con la ayuda de Tati (que apareció vaya a saber de dónde), pude salir del restaurant. 

Fui a buscarlo al Mago, y en una churrería (recuerdo que le pedí al churrero un par de cubiertos con chocolate y le pregunté si tenían rellenos con pastelera), volví a encontrarme con Tati que me dio dos pasajes de tren.

El tren estaba llegando a la estación, lo escuchamos desde la churrería, así que atravesamos la plaza corriendo con el nene. Llegamos justo: los asientos eran cómodos, mullidos, y estaba bastante limpio, aunque tremendamente viejo (un aire a los trenes a Córdoba, tenía).

Cuando nos bajamos, en la plaza de un pueblo turístico, estaba el Duende, con su tapado largo hasta el piso (pese al calor) y con un enorrrrrrrrrrrme copo de nieve de azúcar. Se reía mucho, achinando los ojos de color indefinidísimo.



EvaLilith
2013
Se escurrió
y restregó
un resto de café
en la comisura derecha
de su pequeña boca 
habitualmente
apretada.
Quiso encontrarle
un gusto menos metálico
menos a cucharita de latón
a la vida.
Y mordió fuerte
su palma
para no llorar,
recordando las veces
que la mordió fuerte
para no maullar.
Entre las hojas
halló
un motivo más
para putear
embadurnándole
el zapato viejo
lustrado y relustrado
para que dure
el cuero.
"Es buen augurio"
Dice la nona.
"Es mierda de can"
Dice la bióloga.
"Es otro día más"
Dice el tiempo.



EvaLilith

2013
No me caracterizo por una amplia tolerancia. Es algo que trabajo conmigo misma. Pero últimamente hay dos cosas que me vienen rompiendo particularmente los ovarios, y están relacionadas. 

Por un lado, están las tipificaciones baratas, sin sustento científico o casuístico serio alguno, que contribuyen a los estereotipos y nos alejan de lo que realmente importa a la hora de vincularnos: los individuos, con sus historias, motivos y cuestiones particularísimas (algunas tipificaciones científicas también tienen sesgos cuestionables). Es decir, ser gay no te hace decorador de interiores y mucho menos fana de los zapatos femeninos (déjense de joder con esa berreteada sexandthecity). Ser bisexual no hace que te quieras coger a todo el mundo. Ser feminista no hace que le eches la culpa a los hombres de tus miserias personales.
Por otro lado, está la otra cara de la moneda: personas que se aferran a etiquetas o grupos, como una forma de evitar enfrentarse con sus particularidades jodidas (y cambiarlas o asumirlas). Si no podés vincularte con nadie a menos que controles absolutamente todo lo que la otra persona hace, no es que seas BDSM, es que sos una persona insegura y abusiva. Si le sos infiel a todas tus parejas, no sos poliamoros@, sino un/@ pirata cualquiera!
Ante cualquier identificación, me parece saludable preguntarse "POR QUÉ?". Meterse hasta el fondo, si es necesario, en la propia mierda y en la ajena. Pero quedarse en las superficies, no le hace bien a nadie.

Y a mí, me rompe los ovarios, así que lo evito.
EvaLilith
2013

lunes, 1 de abril de 2013

De.

De esas noches de dormir mal y putear a los felinos. Sin poder encontrar la temperatura justa. Pegada a su cuerpo, ardía. Dos centímetros de separación y mi temperatura superficial equivalía a la del Ártico.

          Dando vueltas.
          Despertándolo casi a propósito

          Necesitándolo (sin querer).

Sorbiendo su calor. Yo, Vampira.

               Derramando mis penas, ancianitas ellas.
                                                  Una pesadilla donde nunca tengo

                                      el pasaje correcto para el avión indicado

                                                                o la valija bien preparada, con lo justo para abrigarme.

                                         Luego de un paseo por manga aeroportuaria

                                                        desembarco en Siberia

                                                                con la bikini y el saquito de crochet.


El duende se me ríe en la cara

                                           (quiero creer que es feliz conmigo)

                             dice "qué tierna que sos, conchuda"

                                            (porque le escribí ternuras en el torso y se las borré con la boca)

Me envuelve,


                   y creo que está vez, se ríen conmigo, no de mí.





EvaLilith
2013

                                         

viernes, 8 de marzo de 2013

Día de la mujer.

Soy una mujer con suerte. No he sufrido ningún abuso sexual en mi infancia. He podido terminar una carrera universitaria a pesar de haber sido madre a los 19 años. Después de algo de elaboración, me siento satisfecha con el cuerpo que tengo y cuido su salud, porque es mi herramienta, mi instrumento. Hablo fuerte. Miro a los ojos. Cuando camino por la calle no tengo miedo, pero por las dudas, estoy aprendiendo a defenderme. Me tocaron el culo sin permiso sólo 3 veces en mi vida (y pasaron vergüenza por eso). Estuve en un par de relaciones violentas pero me safé a tiempo. El par de veces que pacté con una pareja no usar condón, a pesar de los cuernos que me metieron, no me pesqué ninguna peste. Como madre soltera, mi hijo es un amor, educado aunque culo inquieto, inteligente, sensible y nadie puede venir a decirme que estoy haciendo un mal trabajo... pese a que muchos de los que quieren abortos clandestinos son los mismos que dicen que los hogares monoparentales son un desastre para los chicos. 

Pero resulta que es eso: que tuve SUERTE. Porque el grueso de las mujeres lo pasan peor. Laboralmente se nos siguen cagando de la risa; ni hablar si sos lesbiana o queer. Hay gente que pretende negar que existen los femicidios cuando 9/10 homicidios de mujeres son en manos de parejas o ex parejas (la proporción es 1/10 en el caso de los hombres). La presión por la estética es cada vez más irreal y más fuerte. Y no sigo porque me deprimo. Pero es eso: YO TUVE SUERTE! Y no puede ser así, no puede ser que el desarrollo pleno de la vida, la individualidad, la sexualidad, y la felicidad (en su sentido del 9 de copas, no la huevada que nos quieren vender como tal) dependan de la suerte. No hemos ganado aún todos los derechos que nos corresponden, siguen siendo letra muerta y por eso voy a seguir luchando.


EvaLilith

2013

jueves, 21 de febrero de 2013

Rodolfo Braceli, reportaje al desconocido de siempre


(corté la cháchara de presentación, pongo directo las entrevistas)

- Hace 24 Años - 
Uno se acuesta a dormir, pero no puede. Cuatro horas para el alba. Recuerdo aquel lejano primer encuentro con Valentín Céspedes... Ud., lector, ¿sabe cómo se dice pan, cómo se dice azúcar? ¿Sabe lo que significa la palabra pan, la palabra azúcar? Yo creía saberlo. Pero en realidad lo empecé a aprender cuando conocí a Céspedes. Ahora desvelado, revivo aquel primer encuentro: llegamos a su rancho. Con el sudor de la jornada puesto, nos extiende la mano: "En este buen día, Valentín Céspedes tiene el gusto de conocerlos". Y enseguida ofrece cuanto tiene en su casa sin puertas con las puertas abiertas. Rancho de un solo ambiente, de cinco por seis, y un alero que sirve de cocina. Después, don Valentín nos presenta a sus siete hijos, a su mujer, a un yerno que es mayor que él, a dos nietos...
- Éstos son mis padrecitos. Están tiernos mis gajos, pero qué le vamos a hacer, dos de ellos ya tienen que trabajar porque juntando las tres hachas agregamos un poco más de azúcar al mate cocido. Trato de quitarle horas a su esfuerzo. Mis padrecitos están tiernos. Ya tendrán un tiempo largo para doblar el lomo. 
- ¿Le alcanza para vivir, don Valentín?
- Alcanza para vivir un día más. Cuando nos va mejor, arrimamos carne a la olla y le ponemos pilas a la radio. Pasamos tiempos flacos cuando mi mujer se puso amarilla por la bilis. Pero ya está bien para los haceres del rancho. 
- ¿Y su salud, don Valentín?
- Yo firme. Sabe el señor que no me puedo enfermar todavía. Recién me podré enfermar cuando mis padrecitos mayores, Isidro y Crisóstomo tengan el lomo robusto para el volteo. Hay muchas cosas injustas por estos suelos, pero en ésta de mi salud no puedo quejarme. 
- ¿Cuáles son esas injusticias?
- Injusto es vivir sin poder enfermarse. Injusto es tener que aceptar, sin estar presente nunca, el conteo de troncos que hace el patrón. Injusto es no tener escuela, ni maestro siquiera, para mis padrecitos. Injusto es estar condenado a la injusticia. No hay comisario, ni hay juez, ni hay político que nos escuche. 
Desvelado, sigo recordando aquél primer encuentro con Valentín Céspedes: por entonces él tenía 49 años. Cuando pusimos en hilera a su familia para la fotografía, sucedió algo conmovedor. La más chica de las hjas tenía la carita llena d eronchas. "Para que salga tan bonita como viene siendo le pondremos harina"- Harina, maquillaje de los pobres. Después de las fotos, otra vez las palabras de Céspedes:
- Uno a prende a vivir, sabe. Cuando escasea la comida primero comen los niños más chicos, los que no comprenden por qué la olla está tan floja; después comen los padrecitos que están creciendo para el hacha; después come la madre. Al final, si queda en el fondo, como yo... Verlos comer a ellos no engorda, pero es como el azúcar que necesita el cuerpo de todo hachero. Al otro día uno se acuerda del comer de sus padrecitos y el aliento le dura un sol más. 
- ¿qué quiere para sus hijos?
- Escuela
- ¿Nada más que escuela?
- Eso es lo primero principal. Proque no sólo de pan y azúcar vive el hombre. Hace años que pido y pido aunque más no sea dos meses de enseñanza de palabras y números para mis hijos. Le he hablado al patrón, le he hablado a otros hacheros, les he hablado a esos políticos que vienen, promete y se van. Unos dicen que sí, otros dicen que no, otros no dicen nada. Para nosotros, gobierne quien gobierne, es igual. Antes de las elecciones nos verán y después ni la hora nos darán. Pero yo no pierdo la fe en la esperanza. 

Al final de aquel encuentro, Céspedes se puso a talar con el mayor de sus hijos. Cuando me acerqué me dijo: "Lo invito a escuchar nuestra cnversación. Las hachas dicen palabras, Mi hacha dice pan. El hacha de mi padrecito dice azúcar... ¿escucha?... Arrímese amigo... pan... azúcar... pan... azúcar..."

Cuatro meses después fue cuando don Valentín bajó a Bs As. Un viaje de ocho días, propiciado por la televisión. Sus primeras vacaciones. Don valentín, recién llegado, vivía su primera vez en tantas cosas de la mentada civilización. Céspedes contaba así su asombro de aquellos días: "Pero la gran siete, que caminan rápido en esta Bs As. Todos andan disparados como si ahorita estuviera por llover..." Y más asombro todavía: una voz lo llamó por teléfono al hotel para saludarlo, la voz de Mercedes Sosa. 
Pero no se quedó en anécdotas aquél Céspedes. Dijo lo que tenía que decir. Aprovechó un programa de televisión para pedir un maestro para sus hijos. Sólo un maestros. Y el tiempo, con sus días, fue pasando. Y la década del setenta quedó atrás. Y la década del ochenta quedó atrás. Y promedia ya la década del noventa. 
Ahora, en este minuto de la eternidad -26/09/1995 - hay tres gallos que alternan su canto. Cantan, o tal vez discuten cuál de ellos anunciará la inminente aurora. Abro la ventana del pequeño hotelito de Pampa del Infierno. Las seis en punto. En un rato estaremos de nuevo con el hachero Céspedes. 

- Don Valentín, 1995 - 

No hace falta preguntar cuál es el ranchod e Don Valentín. Frente a él nos está esperando con su mujer, algunoshijos y un racimo de nietos. Están en hiilera, como hace casi 25 años. La hija que entonces estaba en sus brazos maquillada con harina, es ahora madre de tres niños. Don valentín sigue con su sonrisa enarbolada, la cintura algo inclinada. Me dice con toda naturalidad:
- Sabía que un día nos volveríamos a ver. Uno tiene fe. Y por tener fe suceden estas cosas. Aquí ve conmigo los gajos de mi tronco. Tuvimos un hijo más que se llama Luis y hoy por hoy 45 nietos asoman. 
(subimos en una camioneta apta para afrontar el monte. Ya vamos rumbo al obraje. Allí trabajan dos hijos de don Valentín, y también él.)

- ¿Y cómo anda, don Valentín?
- Cuando puedo en bicicleta, cuando puedo con estos pies
- Ya veo. No ha perdido el humor.
- Pero la salud, si. Mi cuerpo anda descalibrado. descalibrado como un aparato que se echa a perder... tengo la columna muy maltrecha, y una hernia que a veces no me deja ni toser, ni alzar un tronco... Y tengo  la muñeca del brazo izquierdo que a veces se queja y me abandona sin permiso... Pero uno sigue. Le ruego a dios ue me sane y por ahí dios se acuerda y me consigue una buena salud. Enfermedades del estómago no he tenido, pero de accidentessí. Todo empezó cuando hace algunos años me arrastró la palanca del torno de los rollizos. Estuve sesenta y cinco días en manos de doctor. De doctor distraído, porque me dejó con un tumor en la cadera, por el hueso infeccionado. Después de mucho me puse en pie. Y los pies me sostienen. No tengo queja para mis pies. 
- ¿Por qué cambió de obraje?
- Por la salud de mi último padrecito. Vino con asma. A cada cambio de tiempo se nos desvanecía un poco más... Pero también tuve que dejar el obraje porque empezaron los problemas después que mi patrón leyó  la escritura que ud. me hizo en la revista... Me llamó y me dijo: "Céspedes ¿por qué anda diciendo que los hacheros toman agua en donda hay bichos? Yo le contesté: "Mire el agua que tomamos. Verá los bichos". Y me dijo: "céspedes, ¿por qué anda diciendo que los hacheros duermen en el suelo". Y yo le contesté: "Mire donde dormimos. Verá que es en el mismo suelo" Y me dijo: "¿Por qué no pide permiso, Céspedes, para andar hablando lo que habla con extraños? Y yo le contesté: "El opinar de mi cabeza es el que dicta mis palabras. A mi entendimiento le pedí permiso- Y mi entendimiento me dijo que dijera lo que dije"
- ¿Y después qué pasó?
- Después no me quise desacatar con el patrón que nos mandaba. Y abandoné toda discuión. Pero enseguida me empezaron a perjudicar con el conteo, con la entrega de mercaderías y tuve que buscar un patrón de mejor corazón... Pero no guardo rencor. A mi padrecito más chico le conseguimos la salud y un poco de enseñanza. 
(Por un sinuoso sendero llegamos con don Valentín al corazón del monte. Aquí trabajan dos de sus hijos. Talan árboles, preparan la leña, la colocan en un inmenso horno y de allí, después de varios días de fuego lento, sale el carón. Ese carón cuando se expende en Bs As, vale 15 veces más)

- ¿Ud. sigue hachando, don Valentín?
- Poco y nada. TRes o cuatro días por semana veno al monte a ayudarles a mis dos hijos. Les preparo la comida, les ayudo en las tareas de menos fuerza. Mi cuerpo no me deja hacer más. 
- ¿Cuánto gana por día cada uno de sus hijos?
- Unos cinco pesos por día. A veces pueden sumar 23 días al mes, a veces unos 20 nomás. 
- ¿Y ud. cuánto cobra como jubilado?
- Ni para un vaso de agua. 
- ¿Menos de 100 pesos  por mes?
- No, menos no. Nada. No  pude jubilarme. En el obraje uno va de patrón en patrón, de mano en mano. Si yo exigía la jubilación, el sueldo no me alcanzaba para nada. Error mío fue no exigir. Pero la desesperación me hizo cometerlo. Tenía que mantener a mis padrecitos. Las veces que reclamé mi credencial de trabajo nunca me dijeron que no. Me decían "vení mañana". Y mañana iba. Y me decían "vení mañana" y así hasta que me entraba el aburrimiento. pero no todo ha de ser lamento en la vida. Cosas gratas tengo para contarle. 
- Cuénteme alguna.
- Tengo todos mis hijos vivos y mi patrona con salud y mis cuarenticinco gajos... cosas lindas vienen pasando en mi familia: el primero y el último hijo nacieron el mismo día: el 16 de agosto los dos. Y hay otros dos, en el medio, que nacieron un 5 de diciembre. Y yo con la  vieja también he nacido el miso día: el 14 de febrero. Pero con diez años de diferencia. ¿Vio?, debemos estar por todo esto muy agradecidos a dios. 
- ¿Agradecidos por qué?
- Porque celebramos los cumpleaños de a dos y así con la misma olla hacemos dos fiestas.
- ¿Todos sus hijos trabajan en el obraje?
- Casi todos. El mayor, Ricardo, ya no puede trabajar. Enfermó de los pulmones. Y lo tenemos quieto. Entre todos hacemos por él... Si los pobres no nos arreglamos con el amor, no nos queda otra cosa que morirnos. O la botella. 
- ¿Ud. sigue sin beber vino, don Valentín?
- Sí, eso he preferido. Para tener más aliento. Si alguna vez se me fue algún dinero fue en diversiones como el baile y la taba. Y alguna cosa más. Pero chupar no. Mi cuerpo no ha usado el vino... Ay, mi hernia.
- ¿Y qué espera para operarse?
- Por aquí no tenemos tiempo para enfermarnos. No le conviene al hachero acostarse y caer en cama. No estamos para semejantes lujos, sabe.
- ¿Y qué me cuenta del maestro que hace 25 años ud. buscaba para que les enseñara a sus hijos y a los chicos cercanos? ¿Al fin lo consiguió?
- Nunca llegó a Pampa Juana ese maestro. Nunca me oyeron aunque sabemos que hay tantos maestros sin trabajo. La ignorancia es peor que el hambre. Porque la ignorancia nos acostumbra al hambre. 
- ¿Ud. pudo estudiar en alguna escuela?
- Estudié las letras y las palabras seis meses. Y algo de números, se sumar y sé restar, y sé multiplicar y sé dividir. Yo me crié solo, sin quien me gobierne, sin instrucción ni lección. Mi padre murió muy pronto. Mi padrastro no me quiso cerca. Yo crecí de mano en mano. Tuve la suerte de estar seis meses con un maestro. Me puse práctico en eso de escribir. Pero a los 9 años ya estaba abandonado y me encontré con el hacha, y desde entonces a hoy esa ha sido la vida. Mucho me hubiera gustado tener dos o tres años de escuela. Cuando uno no sale duro de la cabeza, dos o tres años de escuela lo ayudan a encontrar más justicia en el mundo. 
- si pudiera, ¿se pondría a estudiar ahora, don Valentín?
- Eso sería como recibir muchos panes y azúcar para tantos y tantos días.
- ALguien que responde así, como ud., está para vivir muchos años. 
- Tengo mis setenta y dos. Con tres más ya está bien. Este cuerpo no se halla en el último cansancio, pero tiene dolores que no lo dejan hacer los trabajos. Yo le pongo a mi vida tres años más. No haré como mi madre, que murió a los noventa y dos. 
- Pero don Valentín, déjese de embromar y déle un par de ´decadas más. 
- No. Está bien así. 
- ¿No ve que si ud. pasa los noventa, dentro de veinte años yo le hago otro reportaje? Así me aseguro yo también. 
- No está mala su ocurrencia, Rodolfo. No está mala. Pero con tres años más me considero bien cumplido. Y ya puedo dejarle mi lugar a otro. 
- ¿Le gustaría hacer otro viajecito a Bs As?
- Si fuera para conseguir maestro para los niños que están más lejos, adentro del obraje; si fuera para que los que son muy leídos se oponagan a la injusticia de toda injusticia, si fuera para eso, iría. Y para ver a doña Meredes Sosa. Y para estar con don Luis Landriscina. 
- ¿Qué opina de Bs As?
- Bs As está lindo cuando hay plata... allí no se ata perro con chorizos.
- ¿Cómo es esto de atar perro con chorizos?
- Si al perro se lo ata con chorizos, enseguida el perro se los va a comer y va a estar suelto. No hay perros inocentes, sabe.
- ¿Y hay personas inocentes, don Valentín?
- En estos lugares algunos hombres inocentes hay. Le cuento la historia de un hombre inocente: aquí, el año pasado, mi hijo encontró un hombre perdido en el monte. Estaba extraviado, sediento. Y ya andaba en cuatro patas, arrastrándose, cuando mi hijo lo vio y se dio cuenta que era un cristiano. Lo trajo a su rancho, le habló bien, le hizo té primero y le dio mate después. Al rato le dio agua y algunas cosas mascadas porque el hombre estaba hambiriento. El hombr eno era peligroso, no era mano ligera; por el mirar de su mirada no podía ser robón. Y bueno, el hombre agarró fuerzas. Al tiempo rumeó para el norte, en busca de otro trabajo... Otra vez se perdió en el monte, se quedó sin comida, sin agua... así llegó hasta una estancia, en cuatro patas, y desesperado se arrojó a un bebedero de esos que usan para los animales de hacienda... Allí estaba tendido, bebiendo, cuando supo venir el patrón del campo y le pegó un tiro con la escopeta y lo mató. Después el poderoso se defendió diciendo que el sediento había querido violar a la hija. Pero el hombre no tenía capacidad para eso. Era un indefenso. Era un hombre inocente que tenía sed. Sabe, murió por tener sed.
(Los amigos que anoche nos agasajaron con un chivito asado, ahora están preparando el fuego para dorar otro. Los hijos mayores de Céspedes siguen con su faena, apenas la han interrumpido para un saludo de pocas palabras. El sitio donde duermen con don Valentín, en este monte, no tiene paredes. Unas latas por techo, tres camas hechas con lonjas de árboles, unos cueros para cubrirse y nada más. Cuando baja el frío, si hay sitio, duermen en el interior del horno donde se hace el carbón "Trabajamos desde que el sol nos empieza a alumbrar hasta que el sol nos deja de alumbrar. De lunes a sábado. Los sábados a la tarde bajamos al pueblo para estar con las mujeres y los hijos, hasta el domingo" El único detalle de confort que se observa es una vieja radio a trnasistores. En el interior del horno sigo conversando con Céspedes)
- Don Valentín, esto de ser hachero, de talar árboles, ¿no le ha dolido?
- Y cómo no iba a dolerme. Sé que el mundo se va quedando sin árboles. El desierto es más grande a cada día nuevo. Los árboles que tumbamos le cuestan a la vida cincuenta, sesenta años de crecimiento. En cuestión de minutos caen. Acá, por donde mire alrededor hay muchos bosques violados. 
- ¿violados por quién?
- Por los violadores de bosques. Que eso son. Gente prepotente que tiene máquinas, topadoras. Gente que tiene razón porque tiene plata. Se declaran dueños de miles de hectáreas. Emplean brutos que necesitan ganar, como yo, su pan, como mis hijos, su pan. Arrasan durante un tiempo y desaparecen. 
- ¿Hasta sus oídos llegó la palabra ecología?
- Mi ciencia es poca y no ha recibido esa palabra... Pero adivino que tiene que ver con los violadores de bosques. A mí me ha dolido hacer el trabajo que hice. Pero más me iba doliendo el hambre de mis hijos... Entre los dos dolores he tenido que elegir. Triste elegimiento, sabe... Pero haciendo lo que hacía h sentido siempre el dolor de cada árbol. 
- ¿Los árboles sienten dolor?
- Pero tal cual. Como las personas. Proque a un árbol cuando se le pega un tajo, si se fija bien, ve que le sale lágrima. Yo sé del dolor de los ábroles. Tanto me gustaría terminar mis días defendiéndolos, siendo guarda-árboles, siendo guardabosques. Pero no sé si podré hacer eso. Y no sé tampoco si veré cómo se hace justicia con la injusticia. 

(Los amigos cantores sigue arrimando brasas para el asado. Mientras, cantan una canción que viene al caso: "A ese Julio Arce.. que allá en Balncarce.. juntando papas... sin espalda se quedó..." Me acerco, les pido los nombres de los cinco y me dicen "Fernando Videla, Darío Pereyra, Luis A. Casttillo y Horacio Colman" Les pregunto por el nombre que falta. Me dicen "Éstos son los nombres de los cinco". Les reitero: "m edieron cuatro nombres. Falta uno" Me explican "Lo que pasa es que dos de nosotros tenemos exactamente el mismo nombre: Luis A. CAstillo. Pura casualidad"

- Don Valentín, ¿puedo preguntarle si alguna vez fue feliz?
- Feliz vengo siendo. Muy feliz en la vida... no me ha faltado, como dice la canción, un vasito de agua fría, un beso de la boca de ella y mis hijitos y mis gajitos. He criado a mis hijos con sacrificio, pero me han salido buenos y amables con sus pares. Y me siento dichoso por eso. Pero cuánto me hubiera gustado darles escuela, un maestro. Hay que cuidarse de la ignorancia, sabe. Porque la ignorancia termina por embrutecer el cuerpo, y embrutecer el alma y hasta embrutece el corazón.
- Otra vez se toma de la cintura, don.
- Es que no deja de doler. Uno se acostumbra a todo. Y se acostumbra al dolor. Será que ahora lo que me duele es la costumbre.

(Don Valentín se aparta un momento para darles una mano a sus hijos que están subiendo un pesado tronco al carro... y pienso en nosotros, en los cuidadanos, en los alfabetos, en los que comemos con mantelito... Deberíamos detener el vértigo que nos lleva a ninguna parte, hacer una pausa en la obsena frivolidad nuestra de cada día; deberíamos reflexionar, a fondo ¿no habrá una manera de darles una jubilación a V. Céspedes y a los miles de miles que, como él, lo dieron todo pero siguen a merced de la intemperie? Dar, claro, sin que signifique el analgésico de la beneficiencia. Faltan menos de cinco años para el siglo XXI. Algo que no sea discurso tenemos que hacer. No es posible que hayamos extraviado la conciencia. No es posible que hayamos perdido la consciencia. No es posible que hayamos perdido la vergüenza... ¿Acaso vamos a cambiar el mundo? Aunque es imposible, damas y caballeros, sí, tenemos que cambiar el mundo)

- don Valentín, ud quería decirme algo. 
- Nada.. nada... sólo quería decirle que hice cuanto pude... y cuanto pude es tan poco, es tan poco. Mis padrecitos siguen agarrados por la pobreza... ay... y mi cuerpo ya no sirva para hacer las fuerzas...

(Don Valentín, un hombre duro, repentinamente se quiebra. Ha apoyado su cabeza en el mango del hacha. Inclinado, llora en voz alta. Llora como sólo se animan a llorar los niños. Con la espalda doblada está... No sé qué hacer. Me quedo sin palabras. Apenas si le pongo la mano en el hombro. Don Valentín llora y se disculpa por eso)

- Perdonemé, perdonemé Rodolfo. Perdonemé. Yo hice cuanto pude, pero pude tan poco. 
- Vamos don Valentín... ¿Ha perdido la fe en la esperanza?
- No, Rodolfo. Eso nunca. Cuando pierdo la fe, tengo esperanza. Cuando pierdo la esperanza, tengo de. Por último, sabe, siempre tengo fe en la esperanza. 

(Se endereza. Se abraza a uno de sus nietos, que anda por allí. Recupera la luz de su sonrisa. Al oído le dice que no camine descalzo por el monte. El fuego brota en una parva de arbustos resecos, a espaldas de don Valentín. Después, se arrima a uno de sus hijos y olvidándose de su hernia y de su columna, toma el hacha para terminar con un volteo)

- Vamos, hijo. Mi hacha dirá pan. Su hacha dirá azúcar. 
- ah, papá... lo haremos como antes.
- Si, hijo, como antes. Ahí vamos... mi hacha dice pan...
- ... mi hacha dice azúcar.
- Eso es... pan...
- Azúcar...
- Pan...
- Azúcar

(El árbol se inclina sin retorno. Don Valentín, muy despacio, se endereza. Jadea. Un rato más y compartiremos el asado. Después, el intolerable momento de la despedida. El abrazo que nos estamos por dar, se queda ahí, suspendido en un tenue apretón de manos. No nos animamos a decirnos adiós. Don valentín, bajito y al oído, me dirá algo más)

- Sepa perdonar mi llanto, Rodolfo... Con el corazón, este viejo le promete que nunca perderá su fe en la esperanza.



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Estuve releyendo un libro de entrevistas de Rodolfo Braceli, "Caras, caritas y caretas". Más allá de la joya de Alicia Moreau de Justo, las entrevistas del libro tienen para mí un valor testimonial bastante fuerte. Leer a Tinelli contestando abiertamente preguntas personales en el ´91/´92 cuando recién comenzaba a ser éxitoso y cuando el éxito ya lo había arrastrado; por ejemplo, es interesantísimo. La Coca Sarli mostrando una candidez a toda prueba, Rucci 15 días antes que lo maten, etc. Esta entrevista cierra el libro, y tan cerca del asesinato de un miembro del MOCASE, quiero aprovecharla para que todos pensemos que los que están siendo violentados, son personas como Céspedes, que luchan para que lo que hagan no sea poco, para que la pobreza esclavizante que mata al monte no siga. 

Dejo acá este (largo) llamado a la reflexión y me voy a meditar un poco sobre mi pelotudísima vida mientras estoy acá frente a la compu, haciendo nada, y otras personas se desloman, y con esta lluvia hay miles durmiendo en la calle, y tanta tierra que se podría sembrar y tantas cosas que me cuesta mucho pensar, porque yo no sé si llego a hacer todo lo que puedo. Y lo que puedo es tan poco...


Eva Lilith
2013

domingo, 17 de febrero de 2013

   Me dejé las uñas largas. Usé una pollera corta. Creo que estaba bien depilada, con el encaje no queda lindo el vello. Estrené las sandalias. Siempre me compro calzado pensando en alguien con quien gastarlo. Sin embargo, la altivez me abandonó a último momento, y te ofrecí un abrazo sincero, antes de darme vuelta sin aceptar siquiera un café. No, no fue por orgullo, fue por economía de minutos. Preguntarse ante la duda "para qué?" suele ser muy útil.
   Un año después me llamaste y no reconocí tu voz. El olvido es un mundo terrible.
   Pasó el tiempo y me compré sandalias nuevas. Sé que te hubieran encantado, pero eso ya no me importa. Ni para elegirlas, ni para descartarlas como opción. Y puedo dialogar con vos sin llamarte porque, en definitiva, lo que me hacía bien te lo inventé todo. Sos un personaje de mi cabeza al cuál puedo recurrir en caso de duda. Algo bueno tenías que tener...

lunes, 14 de enero de 2013

En la pintada, le agradeció por hacerlo el hombre más felis del mundo (sic). 
                                                              Alguien agregó abajo, no sin una cuota de cinismo, "nada dura para ziempre". 


Una letra redondeada, diría femenina, contestó: 



amargo! 



Finalmente, el hombre embadurnó su brocha con pintura blanca de calidad berreta. 


Tapó la charla y, encima, escribió el típico 




"unidos y organizados". 




Al día siguiente, ya un aerosol negro había agregado: 


si nos organizamos...



EvaLilith

2013

viernes, 4 de enero de 2013

Tengo la mala costumbre de poner apodos. No es que sean muy originales, en muchos casos la profesión o algún gusto particular de aquéllos a quienes quiero referirme. La repetición de nombres, la superposición de historias, hacen que sea casi una necesidad narrativa en el desarrollo textual de mi forma de pensarlos. De pensarme. 

Así es que cada vez que abro un capítulo con alguien, queda fijado con un apodo. Apodo que funciona como subtítulo, si se quiere.


Qué tan determinantes son estos subtítulos que cuelgo? Qué tan arbitrarios? Qué tan limitantes del rol que esa persona pueda tener en mi vida?


El papá de mi hijo pasó en un punto a ser "El Muppet". No fue idea mía, pero la adopté. Hoy en día... sigue siendo un Muppet y no hay forma mejor de definirlo. El brujito, en su momento, me sorprendió con sus intuiciones. Fue uno de los motores que me llevó al Tarot, y eso que nada del tema sabía (tampoco sabía mucho de la vida, del amor, de nada que no sea mantenerse como si durmiera en formol, qué HDP, no se le daba la edad que tenía ni a palos). Podría repasar a todos los que en algún momento significaron algo, de la misma forma, pero no es el propósito.


La cuestión es que hace poco abrí otro capítulo y me dí cuenta que algo andaba mal con el apodo que había puesto. Era una etiqueta que respondía más bien a temores propios que a algo que describiera la esencia de esa persona. Era un apodo que me resultaba cómodo, que me daba una excusa cualquiera para atajarme y salir corriendo. Así que saqué el alfiler de mi cabecita, descolgué el papelito. Lo tiré a la basura. Le dí un beso a la piel que había sido maltratada con ese mote, y susurré otro apodo, más cercano a la naturaleza que percibo en él, lejos de mis prejuicios.


EvaLilith
2013