viernes, 4 de enero de 2013

Tengo la mala costumbre de poner apodos. No es que sean muy originales, en muchos casos la profesión o algún gusto particular de aquéllos a quienes quiero referirme. La repetición de nombres, la superposición de historias, hacen que sea casi una necesidad narrativa en el desarrollo textual de mi forma de pensarlos. De pensarme. 

Así es que cada vez que abro un capítulo con alguien, queda fijado con un apodo. Apodo que funciona como subtítulo, si se quiere.


Qué tan determinantes son estos subtítulos que cuelgo? Qué tan arbitrarios? Qué tan limitantes del rol que esa persona pueda tener en mi vida?


El papá de mi hijo pasó en un punto a ser "El Muppet". No fue idea mía, pero la adopté. Hoy en día... sigue siendo un Muppet y no hay forma mejor de definirlo. El brujito, en su momento, me sorprendió con sus intuiciones. Fue uno de los motores que me llevó al Tarot, y eso que nada del tema sabía (tampoco sabía mucho de la vida, del amor, de nada que no sea mantenerse como si durmiera en formol, qué HDP, no se le daba la edad que tenía ni a palos). Podría repasar a todos los que en algún momento significaron algo, de la misma forma, pero no es el propósito.


La cuestión es que hace poco abrí otro capítulo y me dí cuenta que algo andaba mal con el apodo que había puesto. Era una etiqueta que respondía más bien a temores propios que a algo que describiera la esencia de esa persona. Era un apodo que me resultaba cómodo, que me daba una excusa cualquiera para atajarme y salir corriendo. Así que saqué el alfiler de mi cabecita, descolgué el papelito. Lo tiré a la basura. Le dí un beso a la piel que había sido maltratada con ese mote, y susurré otro apodo, más cercano a la naturaleza que percibo en él, lejos de mis prejuicios.


EvaLilith
2013

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