viernes, 7 de septiembre de 2012




Hay muchos tipos de frío. Algunos se resuelven con una manta, un sweater. Otros requieren ponerse en acción, mover el cuerpo y el alma. Otros necesitan, simplemente, un abrazo.
Algunas madrugadas se me juntan todos, quedo tiritando en la cama, dando vueltas enredada en las sábanas. En verano, también. Duermo con 3 mantas gruesas y a veces, hasta necesito ponerme pijama.

Al día siguiente todo sigue su curso, los miembros adormecidos se desentumecen. Una emerge del sueño volviéndose a parir una y otra vez. Algo de bebé desamparado queda, sin embargo, mientras la mujer que soy reclama que se deje de llorisquear y crezca de una vez.

Entonces, empiezo a hacer miles de cosas, sin terminar nada. Hago malabares con lo que mantiene mi vida en un equilibrio precario. Acciones que cansan y dan un poco de calor, pero no llegan a nada. Elijo mal a propósito, para quedarme en el mismo lugar, paralizada por un frío al que no puedo llegar a darle aliento, aún. Me enojo conmigo misma, me enfurezco y es peor.

Mi vocación de sonreir queda encerrada en la cocina, esperando y confiando en que el nigredo alquímico también tiene su fin si una hace lo que tiene que hacer.




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