martes, 9 de agosto de 2011

Adela

Como siempre que podía sentarse, venía amodorrada en el subte. Casi dormida, los ojos húmedos, la mente tratando de silenciarse. Sintió una leve presión en la rodilla, un nene le había dejado unas hebillas. Lo miró con atención ir repartiendo el paquetito por el vagón. Descalzo. En invierno. La ropa rota y sucia, como la cara. La expresión del que hace mucho que hace lo mismo. La soledad.

Como siempre que veía algo así, las lágrimas le brotaron solas. Puta madre, pensaba, podría ser mi hijo. Puta madre, por qué no podré llevármelo a casa, bañarlo, darle una cena caliente y que mañana en vez de venir a patear el subte vaya a la escuela.

Era una idea recurrente. Cada vez más. Trató de calmarse diciéndose que era natural que se le cruzaran esas cosas por la cabeza, especialmente desde hacía casi un año. Casi un año ya del cuarto vacío, clausurado. La ropa negra no era casual. Las ojeras y el rostro consumido, tampoco.

Mientras miraba al nene pensó que al menos él estaba vivo. Ella no había podido mantener a su hijito así. Había hecho todo bien, salvo eso. La muerte se lo había escamoteado luego de una larga y desagradable enfermedad. El niño consciente de su próximo final, ella impotente, sola para siempre desde ese día en que todo terminó en ese hospital. El niño tan dulce, tan brillante, con tantas posibilidades truncadas de una vez para siempre, con su carita pálida mojada por las lágrimas que ella no sabía ya de dónde podían seguir saliendo... el niño cansado y dolorido por la enfermedad, el tratamiento, los aparatos, los hospitales, los médicos brujos y todo lo demás.

El dolor era tan insoportable, aún un año después, que punzaba en sus sienes y le daba náuseas. Mientras, el nene pasaba retirando las hebillitas. Se la quedó mirando extrañado. Ella le dio el billete y unos caramelos que llevaba consigo. "Esos no me gustan", fue la respuesta en rechazo que recibió.


Decidió que no volvería a casa en ese estado, porque sería espantosísimo. Se bajó en la primera estación y buscó un bar. Se sentó en una mesa apartada, pidió un café, se derrumbó sobre el mantel blanco. Tenía que ponerle un límite a eso, pero a veces simplemente no sabía cómo. Terapia, claro. Desde antes que pasara, desde que el médico le mostró los estudios con el terrible diagnóstico. Pero con tantos nenes desamparados, ella no sabía qué hacer con la maternidad que le sobraba.


Toda su vida de adulta había sido madre. Siendo madre había hecho su carrera, sus amigos, organizado sus citas con amantes, todo. Y se sentía culpable. Horriblemente culpable. Ella, que tanto cuidado había puesto en hacer todo lo debido, todo lo más correctamente posible. Su niño, tan dulce siempre, tan cariñoso. Ahora era polvo. Nada más que polvo y recuerdos, sin haber podido vivir toda su vida. Ella hubiera querido verlo hombre, hubiera querido que conociera el sabor del sexo, el aroma del triunfo, el mundo. Ella hubiera querido ver desarrollarse esas gracias y talentos que lo hacían tan especial.

Pero no.


Sólo polvo.

Para siempre.


Y mientras tanto ella seguía viva, seguía respirando y sana. Haciendo nada, en una vida sin sentido ni dirección. Sobreviviendo. Trabajando, claro. Cada vez más, como una forma de acallar un poco el dolor. Visitaba a sus parientes, que intentaban distraerla. Hacía escapadas los fines de semana, para recorrer campos, montañas y pueblitos extenuándose al borde de sus fuerzas. Los amigos la llamaban o la buscaban. Un café, una obra de teatro, una película, paliativos.


Una nenita de unos 7 años se metió al bar con media docena de claveles. De nuevo la idea loca.


EvaLilith

2011


Pd.: si puedo, más adelante sigo la historia...

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