jueves, 11 de agosto de 2011


Acariciaba mi espalda suavemente, con las yemas de los dedos, estremeciendo a mi piel aún humedecida por el pasado reciente del contacto. Su mano llegó a mi pelo, lo enredó y desenredó, con la calma del deseo saciado.




"Lo que me encanta de vos es que te resbala todo", susurró.

Me aparté un poco para poder ver bien a mi última adquisición y, revoleándole directo al pecho la remera que acababa de romperme, me reí: "No es tan así".



Creo que se pensó que les estaba haciendo una broma. Me alcanzó en la otra punta de la cama, sujetándome ambas muñecas y besándome el cuello, volvió a enrollarme sobre su pecho. Me pidió un abrazo y volvió a acariciarme suave.

"En qué pensás?"

"En nada"- mentí.

"Dale..."

"En el morocho hermoso que me acaba de despeinar toda, entre otras cosas"

Sí, el tipo estaba acostumbrado a los cumplidos... sonrió y me dejó sola con mis pensamientos, cobijada por su pecho y con su largo pelo haciéndome cosquillas.



Podría haber dicho que me resbalan las cosas cuando no me importa mucho el que me acompañe. Podría haberle dicho, también, que en realidad aprendí a que en ciertos casos me resbalen a fin de protegerme. Un caparazón duro, lustroso, donde el resto se vea reflejado y yo pueda guarecerme sin miedo.



En ese momento me preguntó si estaba enamorada o saliendo con alguien. Pensé, como desde hacía ya varios meses, en el esquivo, en ese que no iba a tener tan rendido entre mis brazos. Sentí una oleada de amargura y me encerré en el baño con el pretexto de una ducha.



Lo bueno de tener oleadas de amarguras en el mismo cuarto con un morocho fueguino es que se tiene a mano la mejor forma de dejarlas pasar. En mis manos, en las suyas, en su lengua, en su sexo, en sus piernas torneadas cuidadosamente. Agradecí que se metiera sin pedir permiso en la ducha a enjabonarme y regalarme otras delicias. Pero, una vez secos ambos, dije algo sobre la hora y ofrecí llamarle un taxi.



Eva Lilith

2011

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