viernes, 18 de noviembre de 2011

Ya fue. En el momento en que empiezo a escuchar canciones cursis en la compu me doy cuenta que va a ser mejor que me aleje, que recuerde por dónde pasa la realidad, que deje de buscar las huellas de lo que no existe y simplemente me resigne a mi soledad, a las pulgas que recorren la casa que son las únicas que quieren treparse por mis piernas, a la pila de platos por guardar ordenadamente y al tiempo que se me escapa irremisiblemente. Tiempo, escapa e irremisiblemente son tres palabras que cuadran bien juntas. Ese cuadrar es doloroso, pero correcto. Afuera, a unos minutos de acá, unas magnolias están florecidas. Me enternece la sobredimensión suya, ese tímido asomarse que pareciera reclamar la delicadeza propia de flores de un décimo de su tamaño.
Sí, ya fue. Y voy a apagar esta máquina chupa-alma, como diría mi hermana, para no pensar que en vez de mandar a dormir el nene y quedarme haciendo zapping podría estar tomándome un café con alguien. Especialmente cuando es un alguien muy determinado y no cualquier alguien. Especialmente cuando las decepciones se acumulan y tengo ganas de romper, de gritar, y al mismo tiempo sé que hubiera preferido un abrazo. Ya ni sé qué posteo. Cometí el error de pasarme los dedos con los que hace un rato piqué chile por los ojos. Ya no sé si son lágrimas de angustia o culpa del chile. Mejor dejo que la responsabilidad caiga en el picante. Siempre es más segura la relación directa entre la capsaina y los ojos llorosos.

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