martes, 24 de mayo de 2011

De desconocidos y otras yerbas

La lluvia parece ejercer un efecto hermanador entre los porteños. Especialmente cuando el aire de naufragio hace que la línea D del subte se suicide por tiempo indeterminado, llevando gente apiñada como libros en mi mesa de luz. De ahí, que todo parece magnificarse. Una palabra poco amable y los ánimos se caldean como si se hubiera tirado una bomba molotov. Una sonrisa e inmediatamente se puede tener compañía agradable un par de cuadras.
Sale el rubio del subte palidísimo. "Ya podés respirar", le largo cuando me mira del otro lado del casi desmayo.
De ahí vamos subiendo y encaramos para el mismo lado. Ya llegando a la escalera mecánica camino a la libertad definitiva me pregunta por una calle. "Sí, la conozco, voy para allá". Ergo, tuve escolta, mas no paraguas prestado porque ninguno de los dos tenía. Esta vez no me dormí y tengo un msn que agregar cuando me decida. Incluso, tengo la excusa para agregarlo. Excelente (Sí, no me caben mucho los rubios, pero ante lo mal que me vienen tratando los morochazos, más me vale probar algo nuevo, no?)

Para cuando tuve que volver al subte, la línea funcionaba mal. O, mejor dicho, peor que lo habitual: no me llevaba hasta la cabecera y encima, con demoras y asfixia. Tocó bancarse tránsito y subirse a un colectivo. Repleto, claro está.
El colectivo iba a paso de hombre, y yo tenía puestas unas hermosas botas con un taquito ínfimo pero altísimo. Si no conseguía dónde apoyarme, iba a doler.
Termino enfrentada a dos señoras pintadas, de esas que se juntan a tomar el té y jugar a la canasta. Las señoras se ponen a hablar de mi ropa, de mis botas y de mí como si yo no estuviera ahí. Y miraban, evaluaban, recordaban sus años de descaros, de atreverse, de aguantarse el dolor en los pies con tal de verse como reinas. Yo pensaba que mi pollera no era tan corta, mis medias tapaban bastante, mis botas... bueno, de las botas no puedo decir nada: son llamativas y punto. Ya cuando empezaron de nuevo con el tema de la juventud TUVE que meter bocado: "Mire que yo hace unos años no me ponía pollera ni que me paguen" "ay, hija... por qué no?" dijo una. La otra hizo un comentario sobre mi falta de maquillaje. Por suerte, se bajaron pronto...

Cuando finalmente me bajé del bondi, un anciano me socorrió, cubriéndome por una cuadra con su enorme paraguas de cuervo viejo. La lluvia, como dije, da un algo de naufragio a la ciudad y a veces algunos dejan de lado el "Sálvese quien pueda".

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