lunes, 11 de abril de 2011

Y cuando creí salirme de la trampa, una vez más vuelve a mí, con otro disfraz. Mala cosa descubrirla. Mala cosa. Mala cosa ser consciente de este camaleónico yo que se ve en los ojos de los demás. Está bien, no puedo pretender a los ojos de otros ser nada más que la proyección que ellos hagan en mí. No puedo evitar la subjetividad, no puedo evitar los deseos. Pero siempre siempre siempre siempre siempre termina siendo el mismo rol. Siempre termina siendo Lilith la que prevalece, el lado oscuro, la temible. Eso que atrae y repulsa al mismo tiempo. Eso que se desea intensamente, pero que se prefiere tener lejos. Lo más lejos posible. Lo más deshumanizado posible.
Así, me vuelvo puntos de luz, algo poco amenazante, algo poco real. Qué pasaría si en vez de convertirme en esto, esos otros asumieran mi carne, mis matices? Qué pasaría si alguien se animara simplemente a quererme?
Pero no. Nadie quiere al fango. Nadie quiere acercarse a una pantera negra, aunque reluzca y sus ojos estén fijos en el horizonte.
Mejor el lado brillante, no? Mejor las superficies pulidas, las buenas costumbres, los juegos socialmente correctos, mantenerse abajo, cerrar los ojos, creer las bellas palabras, sonreir, limar suavemente las uñas para que sean un ornamento y no una defensa. Mejor lejos del abismo, mejor. Así puede quedarse uno largo rato, no? Así puede quererse, así pueden uno tener cercanía, y buscar, y contener, y mimar, y querer entender?
No, yo sé que no es así. Sé que es sólo superficie.
Pero es tanto? Es tanto pedir un poco menos de soledad? Porque yo sé que estoy sola, yo sé que voy a seguir sola, yo sé que.
Nada.
A estas alturas no sé nada.
Si: soy parte del lado oscuro. Pero también por eso sé brillar. Y me gustaría de vez en cuando sentir un mínimo de camaradería.
No sé.
A estas alturas no sé nada.
Me siento, una vez más, bajo el signo de Caín.

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