jueves, 8 de septiembre de 2011

Lentos y lentas

Cuando yo estaba en la escuela primaria, los lentos ya estaban francamente en extinción. No porque dejaran de ser rentables, de hecho, lentos y canciones melosas hubo y habrá siempre, sino porque en los boliches las tandas de lentos para bailar apretados y sudados estaban siendo abandonadas.


Pero, en los bailes de primaria la cosa era bien diferente.

Es más, casi todas las chicas estaban esperando ese momento, y los chicos... bueno, estaba dividido entre los que consideraban que la mejor forma de pasar un baile era transando con la chica que les gustara, y los que consideraban que lo mejor era armar un picadito con una latita abollada.


El DJ que se contrataba en la 12, era un chico de unos 19 años con verdes y espectaculares ojos. Nos tenía a todas estúpidas de lo lindo que era. Se ubicaba sobre el escenario del SUM y ahí ponía sus mesas. Las chicas se peleaban por subirse a bailar ahí.


La noche bailable propiamente dicha empezaba, invariablemente, con Start me up de los Rolling Stones. Luego de tandas variadas de cumbia, meneaítos y demases, llegaban por fin los acordes inolvidables de Don't Cry o alguna de Bon Jovi (Always creo que era mi preferida). Y las chicas empezábamos con las miradas perdidas bajo la luz ultravioleta, viendo quién nos invitaría a bailar. Los ojos se dirigían, más que nada, a un par de morochos cancheritos con menos seso que un ratón. No tenían muy buen gusto mis compañeras, la verdad.


Las parejas en la pista, bailaban tomados casi de las presillas de los pantalones. Al menos, hasta entrar en confianza y decidir irse a un lugar un poco más apartado para comenzar el intercambio de saliva.


Mi mirada, en cambio, estaba lejos. No estaba allí. El chico que me gustaba en la primaria, nunca, pero jamás, fue a un baile. Siempre me las ingeniaba para preguntar, en grupo, cosa de no levantar sospechas, si iría. Siempre contestaba "puede ser".


Entonces, yo allá iba, contenta de poder mostrarme sin el horroroso delantal blanco. Mal arreglada, pareciendo mucho mayor, insegura, incómoda. Una flor de pelotuda era en esa época. Ahora, por lo menos, soy pelotuda a secas.


Invariablemente, esperaba. E invariablemente el pibe nunca aparecía. Así que, durante los lentos (lentos que nadie me invitaba a compartir), yo soñaba despierta con esos ojos enormes, del color del tiempo, que hacían que le perdone hasta el hecho de ser rubio.

Nunca le dije que me gustaba. Jamás se enteraron mis compañeros de curso.


No está de más aclarar que tampoco me invitaban otros a bailar. En la primaria, yo había perdido mi nombre para pasar a ser "Gorda puta" (ya hubiera querido eso), "Gorda botona" (Acusamiento infundado, ya que la botonería no está entre mis vicios), "Gorda chupamedias" (Nuevamente infundado, no soy obsecuente) y así.


De modo que, durante los lentos, me dedicaba a hacer de terapeuta a todas las que quedaban consternadas porque el que les gustaba había invitado a otra.


Con el cambio a la secundaria no hubo mucho cambio. No había dinero para salidas, y yo estaba tal como la canción de Zambayonny muy bien describe: "incogible".


Luego, descubrí el tango. Y ahí el bailar pegado se transformó en magia.


Y los lentos quedaron guardados en el cajón de los recuerdos. No bailo uno desde mis 14 años. Alguna vez, como un acto de psicomagia, me gustaría desempolvarlos, bailarme unos desnuda y terminarlos de la mejor forma...




No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada